
Él inició la mañana, escribiendo la declaración inesperada, lo que hasta esos tiempos inertes no se había atrevido a comentarle a la bella desconocida, comenzó así su breve monólogo, siempre era así, pues el se había comprometido a asistir a ese café, a saludarla con sus silencios, a preguntarle como había estado, con su habitual mirada fugaz, a estrecharla entre si y el mundo con su imaginación florida, pero hoy, en esta mañana, en esta hora, decidido a declarar su amor a todo el mundo menos a ella por supuesto, inicio así su monólogo rutinario: Asumiendo que aquellos segundos, que para mi fueron una eternidad, tú te hayas dado cuenta que mis miradas no eran simples miradas y que mi voz no era una simple voz, llegas y ordenas un café no muy cargado, con un par de tostadas, siempre acompañada del libro de turno, llevas el abrigo compañero de la estación en que vivimos, de anteojos azules, cabello indescriptible, ojos claros, nariz de punta alta, labios azucarados por el café dulce no muy cargado, con sus cuatro cucharaditas de las dulces ilusiones que día tras día llevas encendiendo en mí, tez clara con algunos lunares que armonizaban el tierno deber de continuar declarándote mi emoción atribulada, claro está, desde mi esquina imperceptible con vista a la gran ciudad y sobre todo, con mirada directa hacia ti.
La rutina de todos los días, hacer esto y hacer aquello, que si no de que vivimos, todo pasa nada queda, pero esas tardes desde el primer instante en que te vi, 436 tardes en realidad, jamás fueron rutina, nunca fueron las mismas, ella, tú las hacias totalmente diferentes, cuatro y quince de la tarde, ese café se convertía en un universo distinto, el tiempo se congelaba y la rutina en mil pedazos se quebraba, era divertido que así sea, su aroma era un signo palpable de que ella era mía, solo mía, egoístamente mía, silenciosamente mía, aroma dulce que me llevaba a experimentar las ternuras más amplias que jamás pude identificar, ni puedo imaginar, en eso su cabello se parece mucho a eso momentos indecifrables, los brillos en sus labios son un arco iris al rojo vivo, aún así no es rojo absoluto, es rojo en una variedad no definida, pues todo depende de la postura de sus labios, de la taza de café que choque con estos, del lápiz que lleve a la boca, del instante que muerda su primera o su última tostada, de que diga hola o gracias y adiós, en segundos imagino el momento en que por fin acumule el valor suficiente para ir y contarle lo que a gritos, a mis peores conocidos e ido contando, me acercaría lentamente, contaría mis pasos, tomaría el sorbo a sorbo, disimularía el temblor de piernas y gesticularía mi mejor voz y todo eso para decirle…
Imaginación, siempre es imaginación y mientras luchaba con esa gran imaginación mía, ella se había desvanecido, su mesa vacía, con al taza de su último café, el platito con los restos de sus tostadas y el libro compañero habitual de entre sus mejores lecturas, esperen ¡el libro!, olvidó el libro, el libro, mejor dicho su libro, ¡olvido su libro!, oportunidad para ir detrás de ella, para por fin platicar con ella, no se iniciaríamos la charla con algo tonto, ella se sonrojaría por su desliz, yo la excusaría con una frase tranquilizadora, es que alguien tan bella debe de tener mucho que pensar, ella volvería a sonreír, entonces aprovecharía la ocasión para decirle que ya la había vislumbrado hace mucho tiempo en el café, ella diría, en sería, yo replicaría que sí, continuaríamos charlando, así pasaría el tiempo y con una poco de valor, le diría… Un momento, el libro, tengo que ir por él, no puedo perder esta ocasión, es ahora o nunca, la mesera se va acercando desde la otra esquina del café, otro mesero esta cinco mesas más cerca, no puede ser, apuro el paso, vamos que tengo que lograrlo, hay alguien detrás mió, otra persona que vio la oportunidad, no puede ser, un rival, pero cómo, no puede ser posible, no volteo pero se que busca lo mismo que yo, pero llevó la delantera y lo voy a conseguir, lo tengo que hacer, un par de pasos más, alargo los pasos, esquivo clientes, estiro más los pasos, el mesero ya esta cerca, grito, ¡mesero!, ¡mesero!, vira la mirada, viene hacia mí, experimento un alivio, pero mi contendor, aún esta tras mió, debo continuar, sobrepaso al mesero, este me clava una mirada extraña pero entre asombro y ternura, continua la alargada marcha, un paso más, cierro los ojos, estiro el brazo y abro las manos para tomar el tan ansiado libro, en ese mismo instante mi rival hace lo mismo y simultáneamente tomamos el libro, no puede ser, quien es, por qué ahora, tiene que haber una explicación, si fui más rápido que todo el mundo, no puede ser y a esa frustración violenta, puso fin una voz, un disculpa ,este libro es mió, abrí los ojos y era ella, era ella.
Cuando leíste este relato, dijiste pero te haz quedado a medias, que paso con ellos, se atrevió a decirle algo el chico, ella como reaccionó, que le dijo, es que dejas muchas cosas sueltas. Mi respuesta fue, que la intensión era solo llevarte hasta la puerta, lo demás ya lo veremos en el siguiente café, pero para iniciar, respondiste tiernamente con tu no se, dejas muchas cosa sueltas...
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