Era ya tiempo de despertar, mis brazos estrechados a tu cuerpo, mis sentidos tan cerca de los tuyos y la conciencia de que este momento no se volverá a repetir, impedían que te deje de asir a mí. Sin embargo la rutina, las responsabilidades y tu “no es que quiera, si no que debemos…” rompían nuestro estadio tan tierno, tan impersonal, tan de ti y tan de mí. Sentir tu respiración, los latidos de tu corazón, tu cabello más mío que tuyo, transcurría el tiempo, entre mis pataletas de niño engreído y tus posturas de adulta consumada, siempre había un motivo para seguir, tal vez no por donde siempre, si no por donde algunas veces íbamos, continuaba la batalla, motivos de uno en uno iban desfilando, que pasó esto o aquello, que dijeron así o que debería ser así, al punto que tanta seriedad nos causaba risa, señor y señora, no eso suena muy extraño para ambos, aún teníamos mucho que descubrir y entre tanto descubro tus ojitos que con cierto alo de nostalgia, se preguntan y qué será mañana, que nos irá a esperar, cómo será y eso y aquello; así tus ojos, esos ojos míos, conmueven mis pataletas de niño travieso, hacen que me acerque a ti y con la mayor ternura posible, clavarte un abrazo, para a continuación susurrar a tu oído derecho, la respuesta esperada: “no lo sé…”. Entonces el silencio cundió la habitación, ese mismo silencio gritaba a mil por hora, que alguien diga algo o que calle para siempre e intermitentemente callábamos, mis brazos clavados en tu tronco, mi nariz cerca a tu oído, mi aliento olor frambuesa muy cerca de tu aliento sabor a uva, esas miradas tuyas y esas miradas mías, intermitencia continua, en eso y sin esperarlo resulta que hay una respuesta, una alternativa, una posibilidad a esa agonía que en silencio vivíamos, mientras transcurría ese amanecer, le había llegado la luz al final del túnel. Con la mayor dulzura que podría ejercer un amante sobre el ser amado, se alejó unos cuantos milímetros de ella, viro su postura y con una mirada firme y tierna le dijo: “No lo se, pero espero que juntos podamos averiguarlo y entonces sea como fuera mañana, tú y yo seremos lo que fuimos, lo que somos y lo que podremos ser, el mañana no imparta, importas tú e importo yo, abrázame y que la señora de blanco tenue nos acompañe a descubrir eso no, si no y mejor que ese mañana tan incógnito nos descubra en este amanecer tan tuyo pero más aún mío, si que el mañana nos descubra entonces…” Lentamente se acercó, milímetro a milímetro y cuando estaba tan cerca como para darle un beso, se detuvo al límite de ese precipicio tan deseado; entonces ella con la mirada fija, con el aliento sabor a uva, con sus mil dudas y con sus pataletas de adulta consumada, le besó con tanta ternura, con tanto afán, con tanta personalidad, que en ese instante trascurrió es tiempo tan temido, recibieron el mañana con un beso apasionado, el tan en ella y ella tan en él, que al percatarse de que ya había llegado el mañana, que ahora era hoy, no tenían problemas, ni fantasmas, ni temores, mas si amores y muchas ganas de seguir viviendo. Finalmente y para poner fin a ese temor ulterior del mañana que vendrá, hicieron un pacto, un compromiso, una vez y alternando los día el o ella iban a despertar al otro, anunciando el inicio del mañana y mientras amanecía, el con su aliento a frambuesa y ella con su sabor a uva, recibirían el amanecer con un beso apasionado, tan apasionado que marcarían toda una eternidad. lunes, 18 de mayo de 2009
AMANECÍA…
Era ya tiempo de despertar, mis brazos estrechados a tu cuerpo, mis sentidos tan cerca de los tuyos y la conciencia de que este momento no se volverá a repetir, impedían que te deje de asir a mí. Sin embargo la rutina, las responsabilidades y tu “no es que quiera, si no que debemos…” rompían nuestro estadio tan tierno, tan impersonal, tan de ti y tan de mí. Sentir tu respiración, los latidos de tu corazón, tu cabello más mío que tuyo, transcurría el tiempo, entre mis pataletas de niño engreído y tus posturas de adulta consumada, siempre había un motivo para seguir, tal vez no por donde siempre, si no por donde algunas veces íbamos, continuaba la batalla, motivos de uno en uno iban desfilando, que pasó esto o aquello, que dijeron así o que debería ser así, al punto que tanta seriedad nos causaba risa, señor y señora, no eso suena muy extraño para ambos, aún teníamos mucho que descubrir y entre tanto descubro tus ojitos que con cierto alo de nostalgia, se preguntan y qué será mañana, que nos irá a esperar, cómo será y eso y aquello; así tus ojos, esos ojos míos, conmueven mis pataletas de niño travieso, hacen que me acerque a ti y con la mayor ternura posible, clavarte un abrazo, para a continuación susurrar a tu oído derecho, la respuesta esperada: “no lo sé…”. Entonces el silencio cundió la habitación, ese mismo silencio gritaba a mil por hora, que alguien diga algo o que calle para siempre e intermitentemente callábamos, mis brazos clavados en tu tronco, mi nariz cerca a tu oído, mi aliento olor frambuesa muy cerca de tu aliento sabor a uva, esas miradas tuyas y esas miradas mías, intermitencia continua, en eso y sin esperarlo resulta que hay una respuesta, una alternativa, una posibilidad a esa agonía que en silencio vivíamos, mientras transcurría ese amanecer, le había llegado la luz al final del túnel. Con la mayor dulzura que podría ejercer un amante sobre el ser amado, se alejó unos cuantos milímetros de ella, viro su postura y con una mirada firme y tierna le dijo: “No lo se, pero espero que juntos podamos averiguarlo y entonces sea como fuera mañana, tú y yo seremos lo que fuimos, lo que somos y lo que podremos ser, el mañana no imparta, importas tú e importo yo, abrázame y que la señora de blanco tenue nos acompañe a descubrir eso no, si no y mejor que ese mañana tan incógnito nos descubra en este amanecer tan tuyo pero más aún mío, si que el mañana nos descubra entonces…” Lentamente se acercó, milímetro a milímetro y cuando estaba tan cerca como para darle un beso, se detuvo al límite de ese precipicio tan deseado; entonces ella con la mirada fija, con el aliento sabor a uva, con sus mil dudas y con sus pataletas de adulta consumada, le besó con tanta ternura, con tanto afán, con tanta personalidad, que en ese instante trascurrió es tiempo tan temido, recibieron el mañana con un beso apasionado, el tan en ella y ella tan en él, que al percatarse de que ya había llegado el mañana, que ahora era hoy, no tenían problemas, ni fantasmas, ni temores, mas si amores y muchas ganas de seguir viviendo. Finalmente y para poner fin a ese temor ulterior del mañana que vendrá, hicieron un pacto, un compromiso, una vez y alternando los día el o ella iban a despertar al otro, anunciando el inicio del mañana y mientras amanecía, el con su aliento a frambuesa y ella con su sabor a uva, recibirían el amanecer con un beso apasionado, tan apasionado que marcarían toda una eternidad.
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